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 nº.004  junio 2.005 - Opinión

 
 

 

EN TORNO A LA  TOLERANCIA

 La tolerancia es, sin duda, uno de los valores fundamentales anclados en el hondón del hombre. Académicamente podemos entender por tolerancia la disposición a admitir en los demás una manera de ser, de obrar o de pensar distinta de la nuestra; o lo que es lo mismo, el respeto y la consideración hacia las opiniones o prácticas del prójimo, aunque personalmente nos repugnen.

     Nuestras ideas, nuestra percepción de las cosas y el mundo que nos rodea, están basadas y condicionadas por el medio y la cultura en que vivimos. Por eso para ser tolerantes es preciso que, previamente, nos abramos sin prejuicios a otras culturas, a otras vidas, a otras cosmovisiones y a otros valores. Gunther Grass lo expresa paladinamente cuando afirma: “El muro cayó, pero sigue habiendo un muro interior en el corazón de cada ser humano”. Si hacemos que también caiga este muro, podremos conocer al otro; y sólo conociendo podremos comprender.

     El “otro”, el “diferente” nos enriquece. Quién tolera comprende; relativiza; acepta, respeta y se abre al “otro”. La mujer o el hombre tolerantes tienen abierto el camino de la solidaridad, y hacen suyos los valores de la fraternidad, el pluralismo y la democracia. La intransigencia, por el contrario, es sinónimo de prepotencia, de incultura, de maniqueísmo y de cerrazón intelectual.

     Ciertamente no es el respeto al otro lo que ha servido de catalizador a lo largo de la historia. Más bien las persecuciones, la violencia y las guerras han escrito los grandes titulares de los anales de la humanidad. La tolerancia, sin embargo, cree en la solución pacifica de los conflictos; confía en el diálogo para alcanzar vías de encuentro; y entiende que sólo a través de esta inter-comunicación pueden superarse las incomprensiones y conseguirse el entendimiento.

     También los cristianos -con inquietante frecuencia- hemos tomado parte activa en la redacción de esa parte oscura de nuestra historia. Sí, también nosotros hemos sido intolerantes frente al mensaje inequívoco de Jesús: su argumentación nunca fue fanática; siempre intentó persuadir, apelar al sentido común y a la razón; nunca empleó la violencia para hacer triunfar sus ideas.

     Ser tolerante, sin embargo, no quiere decir que “todo vale”. Precisamente porque el amor al “otro” es un valor compartido por todo el género humano, no caben posturas de inhibición ante cualquier manifestación objetiva de opresión al prójimo, sea ésta física, psíquica, sexual, económica, cultural o religiosa.

     La tolerancia es, en definitiva, un valor fecundo que debe impregnar y dar sentido a nuestras vidas. Gregorio Marañón –en sus “Ensayos liberales”- lo expresó con claridad:  “Tal vez ahora aprendamos que la precaria felicidad de este mundo no se compra con otra moneda que la comprensión. De la comprensión, que a veces es dolor, es de donde brota, y no de otra fuente, la perfección” .

     Sería bueno que nos convenciéramos de ello

                                                                                                           Matías  Oñate

  

 
 

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