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 nº. 006    septiembre   2005   Sociedad

 

En torno al inmigrante

El notable aumento de la actividad inmigratoria que se ha producido en los últimos años hace necesario plantear algunas reflexiones que nos ayuden a una mejor comprensión de aquellos valores   -fraternidad, igualdad, justicia y libertad- que deben hacer posible la integración de los inmigrantes en nuestra comunidad

Afortunadamente en los últimos años la población de España ha venido mostrando una mayor sensibilización ante la llegada de inmigrantes a nuestro país, pero con alguna frecuencia se pueden contemplar situaciones en las que se echa de menos ese trato respetuoso y considerado que, habitualmente, damos a nuestros vecinos y amigos. Algunos hechos, fácilmente constatables, pueden ayudarnos a tomar conciencia de las “sombras” dolorosas que normalmente acompañan al inmigrante en su difícil lucha por conseguir una vida digna para sí y su familia.

       * El inmigrante sufre el desarraigo físico que conlleva abandonar su país y cultura para adentrarse en un nuevo entorno hostil y difícil, por desconocido.

       * El desarraigo moral es aún más lacerante. Los lazos afectivos con su cónyuge, sus hijos, con todos los suyos, se quiebran dolorosamente. Atrás quedan familia y amigos; aquí se encuentra con la tristeza de una soledad que hasta ahora le era desconocida.

       * La inmigración es sinónimo de supervivencia. En la mayoría de los casos el inmigrante ha dejado en su país de origen una extensa familia que aguarda esperanzada el envío de sus primeros dólares para poder subsistir. En otros casos el trabajo del inmigrante puede ayudar a que la vivienda familiar de su país de origen no sea hipotecada, o a saldar las deudas contraidas para poder alimentar a los suyos.

       * El inmigrante, al menos durante los primeros meses, malvive con frecuencia compartiendo una habitación con otras personas, en ocasiones en situaciones de hacinamiento realmente difíciles

       * Y, finalmente, toda su existencia está condicionada por esa búsqueda tenaz y difícil de un puesto de trabajo que le permita hacer realidad sus sueños de inmigrante.

       Esta es la realidad que debemos tener en cuenta cuando nos relacionamos con los inmigrantes; y no para “compadecerlos” -en el sentido peyorativo que este término ha tenido en un cristianismo arcaico y mal entendido-, sino para concienciarnos de que tales situaciones, al ser extremas, exigen también moralmente de nosotros una “extrema” solidaridad que les permita ir mejorando día a día su situación y abrir sus corazones a una esperanza no utópica. Plasmar en hechos esta actitud solidaria significa estar convencidos de que el inmigrante debe tener exactamente los mismos derechos que nosotros, y por lo tanto:

       * Debemos acogerles con el corazón abierto; escucharles y apoyarles en todo aquello que nos sea posible; incorporarles a nuestra sociedad, y -en su caso- a nuestras comunidades cristianas.

       * Debemos intentar ayudarles a encontrar trabajo: a veces bastará con presentarles a unos vecinos que necesitan una empleada de hogar; en otras ocasiones será necesaria nuestra mediación para que puedan trabajar en alguna empresa. Se trata de no escurrir el bulto, sino de intentar implicarnos en resolver el problema más angustioso con el que se encuentran.

       * Debemos concienciarnos de que el inmigrante, como cualquiera de nosotros, debe recibir un salario justo por su trabajo, es decir, en ningún caso deben remunerarse sus servicios con una cantidad  inferior a la que en ese puesto de trabajo percibiría cualquier español.

       * Y debemos por último hacer lo que esté en nuestras manos para que el inmigrante disfrute de aquellos otros derechos que son imprescindibles para lograr el desarrollo de su proyecto personal y familiar de vida, tales como el derecho a la educación de sus hijos y a una asistencia sanitaria gratuitas, las facilidades para acceder a un hogar digno etc.

Si, como afirma San Juan de la Cruz, a la caída de la tarde seremos examinados sobre el amor, es claro que en este caso la salvación pasa por el tamiz de nuestro amor al inmigrante traducido en obras . Jesús se solidarizó siempre con los oprimidos; tomó el partido de los débiles; no se dejó servir. Obligación nuestra es aplicar su ejemplo en nuestra vida.

                                                                                                                  Matías Oñate

 

 
 

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