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 nº.002 abril 2.005 - Opinión

 
 

 

Palestina: un problema

  

 El hombre-bomba

            El fin de la Guerra Fría no sólo propició la desintegración de la U.R.S.S. y el triunfo del capitalismo, con Estados Unidos como gran beneficiario, frente al comunismo. La desaparición de la Unión Soviética supuso un duro revés para la causa palestina, que se quedó sin uno de sus apoyos fundamentales y en una abrumadora situación de inferioridad militar ante sus enemigos.

          Los palestinos  son preparados para enfrentarse a un conflicto donde tienen todas las desventajas. La muerte, como alternativa, está dentro de su conciencia como decisión final de lucha. En ellos, la disposición de cambiar el yo por el nosotros es un componente esencial de su educación psíquico-religiosa desde hace 1.400 años.

            El pueblo palestino vive martirizado bajo la ocupación de una potencia multinacional y prefabricada, poseedora de un gran potencial armamentístico que emplea en una guerra de genocidio y envalentonada por el apoyo de Estados Unidos. Para liquidar a la población Palestina en las calles o en sus propias casas, el ejército sionista tiene campos de acción tanto en Beirut, Ramallah, Roma o París.

           El fenómeno del hombre bomba  es una variante excepcional de lucha violenta contra un enemigo superior en recursos y armas que no tiene, a su vez, la misma disposición de sacrificar su vida.

            Los asentamientos judíos civiles, en realidad, son cuarteles militares equipados con armamentos modernos. Los colonos que allí habitan proceden de ciento veinte países. En la actualidad, la oleada de inmigrantes de la antigua Unión Soviética y otros países de Europa del Este, así como de América Latina y Etiopía, engrosan la potencia multinacional que es el movimiento sionista.

             La guerra del pueblo palestino no es contra el judaísmo, sino contra la jerarquía sionista que se ha propuesto eliminarlos.

 Juan Antonio Martínez Martínez

 

 

 Condenados a entenderse

             Recuerdo haber leído a  George Steiner, probablemente una de las cabezas más lúcidas de nuestro tiempo, que quizás fue un error dar a los judíos un Estado, pues ello les iba a hacer incurrir en los mismos defectos que tienen los Estados y que no les compensaba. Y él es judío. Así ha sido.

             Al terminar la II Guerra Mundial como compensación a las  persecuciones y sufrimientos padecidos y con la  buena intención de evitar que se repitieran de nuevo  se entregó a los judíos una parte de  su Tierra Prometida. Era un desierto, pero en ella vivía una reducida población de palestinos que se sintieron expoliados. Acudieron a la violencia   

            Los judíos más cultos y con una gran ayuda internacional consolidaron en el territorio el Estado de Israel. Al sentirse amenazados  respondieron a la violencia con más violencia.  

           Entre la filosofía de los, en el sentido más estricto históricamente  asesinos y los que todavía creen en la Ley del Talión, tienen sumida en sangre y terror aquellas tierras. Quienes  podían haberlos  detenido a ambos  o no quisieron o no pudieron.

             Después  de sesenta años y de varias guerras la situación no cambia.  Cuando empieza  a atisbarse una solución , las bombas de los suicidas y la correspondiente represalia la hacen imposible.

             Todo sigue igual, quizás peor, pues la sangre siempre llama a la sangre No hay un solo culpable. Lo son todos. No se puede cantar ni justificar  las glorias del Mossaq, ni tampoco las de  los  asesinos.

           Hoy no se puede pensar  mas que en el  reconocimiento de  dos Estados independientes; con una  coexistencia, al principio fría y pacífica y luego  de progreso y colaboración,. Tienen todos  más que ganar.

          Quizás no, los traficantes de armamento.

         José E Domenech

 

 
 

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